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Surveillance Chic: cuando la estética disfraza la vigilancia

  • Foto del escritor: Rommy Artigas
    Rommy Artigas
  • hace 4 días
  • 2 min de lectura

Meta ha lanzado las gafas "Starfire Kylie Edition" junto a Kylie Jenner –382 millones de followers en Instagram–. Diseño minimalista, cristalito lateral, monísimas, a un precio de 419 euros.


La operación no es muy complicada de descifrar: convertir una tecnología de vigilancia en un accesorio irresistible de moda.


Pero Kylie no vende un producto: vende validación. Normaliza lo intrusivo envolviéndolo en lo deseable.


Cuando una figura pública en la que millones confían usa tecnología controvertida, el cerebro hace equivalencia automática: “si ella lo usa, debe ser seguro”.


Lo que esas gafas hacen es capturar imágenes y audio de cualquier persona que se cruce con quien las lleva (en la calle, en el gimnasio, en la playa, en cualquier espacio compartido) sin previo aviso y sin posibilidad de negarse. Esos vídeos circulan después en redes con miles de visualizaciones, sometiendo a juicio público a personas que nunca consintieron ser sujetos de observación.


Hace dos meses la BBC publicó el caso de una mujer en Londres que fue filmada caminando hacia un centro comercial por un hombre con gafas inteligentes sin su conocimiento; el vídeo alcanzó las 40.000 visualizaciones.


Cuando ella pidió su retirada, recibió respuesta por correo: la eliminaría como “paid service”. Ella se sintió explotada, impotente y vulnerable con la certeza de que el archivo seguía en manos de quien la grabó.


Como señala Catharina Doria, experta en ética de la IA: "Cuando es una declaración de moda, no criticas la tecnología. Te enfocas más en el aspecto que en el contenido". La cuenta Diet Prada, especializada en moda publicaba este mensaje: "Una manera más estilosa de que extraños te acosen y graben".



Estas gafas no son solo un dispositivo más. Grabar con el móvil levanta sospechas ya que el gesto es visible, detectable. Con estas gafas, la cámara está integrada en la mirada. Imposible de distinguir del uso cotidiano. Siempre lista.


Lo que se normaliza no es solo la vigilancia puntual. Es la erosión de la confianza básica que necesitamos para relacionarnos en espacios compartidos. La certeza de que cualquier momento (una conversación, un paseo, un baño público) puede ser capturado, distribuido y monetizado sin nuestro conocimiento ni consentimiento.


Cada vez es más alto el precio que estamos pagando por vivir en un mundo hiperdigitalizado.

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